Han pasado ya varios meses desde el viaje a Berlín… Escribir un relato cronológico que reconstruya esa experiencia de forma detallada me resulta realmente complicado. Quizá porque tras volver a Madrid, incontables acontecimientos se agolparon y restaron espacio a la memoria. Quizá porque, aun pudiendo hacer un esfuerzo, me apetece más seleccionar los momentos, o intentar evocar con palabras las sensaciones que pude palpar en tierras germanas, y que desde el primer momento consideré piezas dignas de un buen tesoro.
Recuerdo especialmente cómo luchamos contra la finitud del tiempo. Durante varios días, cuando todos los compañeros de viaje se retiraban a por un merecido descanso, dos amigos permanecíamos con ganas de exprimir cada segundo. Ambos procedentes de latitudes dispares, con historias que habían convergido en Madrid: uno tuvo que volar hasta la capital desde el horizonte subtropical, donde descansa un archipiélago junto al regazo cálido y moderador de los alisios, entre montañas que se erosionan y funden con el mar embravecido. El otro, ajeno a toda noción empírica de isla, vivía en un árido pueblo peninsular, donde la gente rebosa alegría a pesar de estar emplazada, geográficamente, en una depresión (la del Ebro); donde la idiosincrasia es un valor forjado con arraigo, y la personalidad bien labrada se ve en las tierras, en el léxico y en la expresión desenfadada y risueña de sus habitantes. Con estos ingredientes en nuestras manos, las estrechamos con entusiasmo en Berlín, una ciudad que para cada uno es indisoluble del otro.
Así, intentando frenar las manecillas del reloj, nos columpiamos por cuantiosos escenarios berlineses, azotados por un viento suave pero muy frío. Una noche, cenamos en un restaurante vietnamita en pleno centro del Berlín occidental. Fue increíblemente barato, aunque quizá en ello influyó el que se localizara debajo de un puente. La velada, en cualquier caso, mereció la pena. Pero tan a gusto quedaron algunos de los comensales, que el grupo decidió proseguir saboreando la comodidad y volver por tanto a la acogedora sala común de nuestro hostal, al otro lado de la ciudad.
Pero Rafa y yo no pudimos eludir la tentación de explorar una zona que hasta ahora nos era desconocida. Como si el muro nos hubiera cercado, apenas habíamos recorrido la parte perteneciente a la Alemania capitalista. Así es que, sobreponiéndonos al frío, salimos al exterior con ganas de seguir ampliándolo. Nos despedimos de los amigos y observamos a nuestro alrededor: La iglesia Kaiser Wilhelm se levantaba con un gesto entrañable entre la oscuridad de la noche y la luz de los edificios modernos que la flanqueaban. Testimonio perenne de la Segunda Guerra Mundial, la iglesia había resistido a los bombardeos. Sus devastadores efectos son, no obstante, visibles hoy en día, razón por la que se le atribuye una muela picada. El carácter histórico de esta construcción contrastaba con los anuncios lumínicos que casi se proyectaban en sus paredes.
Mercedes- Benz o Bayern abrillantaban la noche berlinesa, en un alarde prepotente de influencia y poder. Una estampa que ya no es exclusiva del sector occidental, pues las consecuencias de la reunificación se pueden apreciar en la zona del este, a pocos metros incluso de las estatuas de Marx y Engels, en forma de grandes marcas multinacionales y de vorágine consumista.
Nuestros pasos nos conducirían así desde los barrios más señoriales hasta los rincones más obscuros e incluso sórdidos. Pero el centro del camino siempre sería el propio Berlín, donde converge la Historia, donde el suelo se tiñe de polvo y guerra, los edificios caen y se levantan, las calles rejuvenecen, los muros dividen, las personas se encuentran; ilusiones que se alientan y sueños que sucumben, socialismos que se frustran y mercados que vencen (a algunos no convencen, otros se regocijan y desbordan entusiasmo, los hay conformistas y hay quienes encuentran el paro, la precariedad y la decepción).
Y las sensaciones, que a menudo se capturan e inmortalizan mejor que cualquier dato o hecho concreto, me dejaron una visión de Berlín dulcemente invernal y gris; tan fría que los suspiros que exhalan los viajeros cautivados por sus múltiples caras, difuminan cualquier imagen bajo la estela del vaho. En Berlín las postales lucen cargadas de contrastes. Quizá por eso, cuando tras ver una parte conoces su antítesis, sientes que la ciudad desprende encanto porque se cruza la historia al caminar por ella. Pero, sobre todo, da la impresión de que Branderburgo, más que abrir puertas irreconciliables, unifica y crea una sensación de complementariedad que sólo puede erigir un Berlín más completo.
Y así dimos con uno de tantos berlines: grandes y amplias avenidas, de edificios sobrios y sombríos, nieve apostada en sus gélidos flancos y el cálido recuerdo de un grupo de amigos descubriendo la ciudad; avanzábamos sin mapa pero con la tutela, en esta ocasión, de Karl Marx. Su rostro y barba no eran más que un compendio de letras dando nombre al paseo. El rumbo parecía venir definido por la omnipresencia de la torre de Alexander Platz, un coloso que rozaba el cielo y bajo el cual yacían dormidos los berlineses; quizá poco animados esa noche, o lo más probable, mejor amparados al calor del hogar. Entre vestigios de un pasado socialista reciente, nuestra ambición nos condujo a seguir más allá.
A pesar de que los grados menguaban, y con ellos nuestras fuerzas, atravesamos dos siglos de saber al pasar por la universidad de Humboldt, y discurrimos entre célebres edificios y espaciosas calles, ambientadas por el silencio espectral y nuestra viva curiosidad, que tras esa primera toma de contacto, no dejaría de aumentar. En nuestro rumbo a lo largo de los días se sucedieron museos, pedazos de muro y de Historia, símbolos de homenaje a víctimas del Holocausto y de la guerra, la huella sepultada del nazismo a través de un antiguo campo de concentración en las afueras o del imperceptible búnker de Hitler, sobre el que ahora yace un parking camuflado ante el pasado; el parque infinito y tenebroso entre el cielo arbolado y la fría bruma nocturna; la impresionante vista de la ciudad en lo alto del parlamento, sobre los escaños abiertos a la contemplación y vigilancia de la ciudadanía; los sabrosos platos tradicionales alemanes, así como la recurrente y buena-bonita-barata comida multicultural; la simpatía y buen trato de los alemanes y el enriquecedor mestizaje en la vida urbana; los bares y las pintas de cerveza, el barrio turco y de carismáticos murales y pintadas en los edificios; los techos altos y oscuros de una iglesia cuya vidriera reflejaba una inquietante luz roja, que se encontraba cerrada al público pero entreabierta a indiscretas iniciativas, y de la que un par de temerarios (Rafa y yo) huimos despavoridos a un tiempo que propulsados por la adrenalina, al descubrir lo que aún hoy creemos que era una reunión sectaria y ser perseguidos hasta la puerta; el amanecer al pie del opulento palacio de Charlotemburg; el edificio okupado símbolo del Berlín alternativo pero también atrapado en los tiempos y contradicciones del capital; el ascensor ultra-rápido y el templo del consumo futurista de Potsdamer Platz; la noche eterna que discurrió entre amigos, cervezas, música, bailes, la pérdida de una cartera y el periplo entre la comisaría y un fotomatón que resultó ser made in Spain en tiempos del franquismo, los paseos en tren y a pie surcando toda la ciudad… hasta que nos sorprendió el amanecer y cambiamos la exploración por los trámites en la embajada, para conseguir la documentación desaparecida junto con la cartera; y qué decir de los ratos en el hostal y todos los detalles que se difuminan en el recuerdo de un viaje sin tregua y apenas descanso, en el que el tiempo voló junto con el delicioso afán de exprimirlo al máximo, y la amistad engrandeció lo vivido.
En nuestra primeras incursiones ya habíamos llegado hasta la puerta de Branderburgo, testigo imperecedero del paso a través de su estructura de personajes como el kaiser Guillermo I, Napoleón o Hitler. Y allí, como niños que narraban una Historia inocente y desposeída de su crueldad, jugamos con Berlín a dar un paso al oeste, y otro de vuelta al este. “Ahora estamos en el oeste, ahora en el este”.
En nuestros corazones, lejos de dramáticas divisiones y disputas, siempre quedará el dulce y reconfortante recuerdo de esos días intensos en Berlín.
