Marta del Castillo, una sevillana de 17 años, desapareció el 24 de enero de 2009. Varias semanas después, Miguel Carcaño Delgado, de 20 años, confesó haber matado a la chica, al golpearle en la cabeza con un cenicero tras una discusión. Durante tres semanas se llevó a cabo una intensa búsqueda, y se convocaron manifestaciones para recordar a la joven. Además, por todo el territorio español se dio la voz de alarma para que ante cualquier indicio de Marta se advirtiera a las autoridades. Y en la red social Tuenti, frecuentada por jóvenes, se creó un evento que encontró un seguimiento masivo para ayudar en la búsqueda. Asimismo se crearon más de medio centenar de perfiles en solidaridad con Marta y su entorno. Visto así, este tipo de redes suponen sólo ventajas, pero la realidad es más controvertida.
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Si bien las posibilidades de relación e interacción entre los usuarios de las redes sociales online se multiplican, hasta el punto de que pueden llegar a ser muy influyentes en la vida “real”, no dejan de existir peligros que tienen que ver con la privacidad o la intimidad. La información personal que se vuelca en la red puede marcarse abierta para todos los miembros de la comunidad (de Tuenti, por ejemplo).
Cierto es que también puede restringirse el acceso a nuestro perfil a los amigos que previamente aceptemos como tales. Pero hay que tener muy en cuenta la ingente cantidad de menores que acceden a estos servicios. Muchos de estos, sin demasiada idea sobre la vulneración que sufre su intimidad, publican sus perfiles abiertos. Además, sea público o limitado el acceso a la página personal, los derechos de las fotos que se suben son cedidos a empresas privadas, con la consecuente inseguridad o incertidumbre que esto puede generar de cara, por ejemplo, a la imagen personal en el futuro.
Según Mar Monsoriu, autora del “Manuel de las Redes Sociales en Internet”, “no existe la verdadera privacidad en las redes, aunque crea que las fotos sólo las verán sus amigos, eso jamás es así. En el mejor de los casos se las está cediendo a una empresa privada que puede hacer con ellas lo que quiera. Por ello, publique o suba a las redes sólo aquellas fotos de las que nunca se pueda arrepentir y de las que no le importaría que terceras personas puedan hacer uso comercial o no de ellas”. Resulta cuando menos inquietante, y la cuestión adquiere mayor relevancia si se trata de menores de edad, cuyos padres, además, pertenecen a una generación por norma general ajena a este tipo de comunidades sociales.
Y en el caso que nos ocupa, el de Marta del Castillo, las redes sociales han cobrado especial protagonismo. Tuenti ha eliminado, a petición de la fiscalía de Sevilla, el perfil que la joven tenía alojado en esa plataforma, así como el de un menor imputado en el delito como encubridor del autor. La compañía estudia, asimismo, denunciar a algunos medios de comunicación por el uso excesivo de sus contenidos, pues las comunicaciones entre usuarios de la red implicados en el caso, han sido publicadas como información. En este caso se abre un debate entre si la protección de la privacidad debe supeditarse al interés informativo o al contrario, o incluso si realmente resulta de interés periodístico la revelación de conversaciones privadas, algunas de ellas mantenidas entre menores de edad.
Así las cosas, la incidencia del suceso se ha visto magnificada por el uso pseudo-informativo que muchos programas y medios han hecho de la tragedia. En 1993, el tratamiento mediático del crimen de Alcàsser, que se convirtió en un auténtico show, ya había abierto con firmeza las puertas de la “telebasura”. La diferencia fundamental entre la transmisión de ambas tragedias la ha marcado Internet, que ha amplificado este caso. Pero en la televisión, por ejemplo, se han visto ahora también ejemplos flagrantes de vulneración de las leyes de autorregulación que el sector se había impuesto hace cinco años, para tratar de enmendar precisamente situaciones como la de Alcàsser.
En la carrera por el morbo y la lucha de audiencias, se anulan las funciones del periodista y la responsabilidad social del mismo, en pro de la “especulación informativa”: un negocio que consiste en fabricar noticias con el falso pretexto de que llevan el sello periodístico. Por supuesto no quiere decir esto que el suceso en Sevilla no merezca la pertinente atención mediática y una construcción detallada y en profundidad del relato, sino que éste debe desarrollarse conforme a criterios de rigor periodístico y ajeno a cualquier intromisión de espectacularidad, morbo o sensacionalismo. En este sentido, el programa de Telecinco, “Rojo y Negro”, no ha sido desde luego un buen ejemplo.
Por suerte, la fiscalía de Sevilla, la Comisión de Contenidos del Consejo Audiovisual de Andalucía y asociaciones de periodistas han anunciado que investigarán el asunto.
La información completa puede leerse en los siguientes enlaces:
Demasiado jóvenes para el plató
¿Existen límites al informar sobre el caso de Marta?
En cualquier caso, situaciones como ésta al final deparan un sabor amargo para el mundo de los medios de comunicación y el público que debería beneficiarse de sus servicios. Se ha convertido una tragedia humana en un circo mediático y se ha generado una polémica que no debería haber tenido cabida. La cobertura informativa debe acercarnos al hecho, y no convertirse ella en la protagonista.
FUENTES: El País, ABC.